El siguiente texto es una transcripción literal de una entrevista publicada en la revista:"La Semana Gráfica", por allá principo de los sesenta, y firmada por Alfredo Sendín Galiana.
Las Novelas famosas y
sus personajes vivos.
El desorejado de Cañas y Barro.
Luz mañanera sobre los campos somnolientos
en el desperezo matinal de brisas y perfumes. El auto azul -visión
de marinería- avanza como una flecha sobre la lámina limpia
y acaso demasiado estrecha de la carretera del Saler, despreciando en su
ambición de distancias el festón verdegueante de campánulas
y parrales que a lo largo del camino sombrean la cara morena de alquerias
y barracas.
De cuando en cuando surje el brazo viril y tostado
de algún labriego cortando imperativo la furia del movil, que al
detenerse patalea nervioso sobre el suelo el enfado de sus entrañas
metálicas. Mordiendo el purillo seco y rebelde los hombres del campo
dan cuando suben al coche con su sonrisa de huerta -amplia y socarrona-
su lección de cortesía ciudadana mientras el autocar, majestuoso,
otra vez desenvuelve su teoría veloz por la llanura soleada e infinita.
El pespunte interminable de los cañaverales
juega al glúglú con las aguas de las acequias, que enamoradas
del camino le siguen con insistencia, ofreciéndole la frescura apetecible
de sus bordes rameados de lirios y zarzamoras.
Sigüenza, gran conecedor de vanidades y paisajes,
abrazado a su máquina, anuncia la proximidad del pueblecito marinero,
que acusa la nota blanca de sus primeras barracas tan pronto como la pinada
de la Dehesa deja reposar los tirabuzones de su verde cabellera en el linde
de este sendero grande, que graciosamente se curva lo preciso para que
el bosque pueda decirle el requiebro de sus árboles salvajes.
La brújula del interés quie orienta toda
información nos señaló el norte pintoresco del Saler,
buscando al hombre de la media oreja que el famoso novelista Blasco
Ibañez nos presenta en Cañas y barro, pintándole
con trazos magistrales en el pórtico triunfal de su primer capítulo.
Lo que nos cuenta el personaje.
El detalle de su oreja amputada nos ha ofrecido
al personaje que buscamos sin ningún esfuerzo; a la puerta de su
vivienda el Desorejado -sultán de asiento de tierra- repasa las
redes que en la noche anterior sorprendieron con sus abrazos de traición
a las ingenuas anguilas, coquetas de la laguna.
Pequeño, enjuto, respondiendo a la semblanza que
de él hizo el inmortal escritor, este buen hombre que nos escucha
cabecea monosílabos de complacencia al saber nuestro propósito.
Suspendida su labor y puesto en pie, sus brazos se agitan
en un temblor casi eléctrico. Es corto de palabras y en el cuestionario
de preguntas ha de intervenir con bastante frecuencia esta buena Visanteta,
esposa en segundas nupcias del rústico gondolero, que completa el
índice de nuestra curiosidad.
Jose Dasí Soler, el tío Michaorella,
como le llama la gente del poblado, es un isleño del Palmar que
vive cuarenta y cinco años en El Saler. Desafió arrogante
la tempestad del matrimonio por dos veces, y no temió al temporal
de los cuatro hijos que tuvo con cada esposa. Pepe, el mayor de ellos,
cumplió ya los cuarenta, y como una ratificación de su vigor
allí está junto a él Mateuet, el más
pequeño, con sus nueve años de graciosas travesuras y su
aspecto de grumete de agua dulce.
Enfilando nuestra conversación hacia el
tema de nuestra visita le hemos preguntado:
-¿Cuándo vió usted a Blasco Ibañez
por primera vez?
Para llamar a los recuerdos nuestro interlocutor se rasca
la cabeza
- La primera vez que vi a Don Visent -nos
ha dicho- fué una tarde que con su esposa subió en el ravachol
allá en la Mata del Fanc, rumbo al Palmar
- ¿Sabía ya quién era?
- Me lo dijeron unos amigos cuando al regreso desembarcamos
en el Saler . Durante la travesía me llamó mucho la atención
aquel caballero que atento escuchaba el paisaje , sin perder al mismo tiempo
ningún detalle de mi trabajo.
- ¿Se hizo amigo suyo?
- Don Visent se hacía amigo
de todos con la simpática rudeza de su caracter de valenciano noble.
- ¿Venía por aquí con
frecuencia?
- Por el Saler poco; dos o tres veces lo
vi cenando en el estanco del pueblo en compañía de Petit,
el de Masanasa, y el teniente Morales. Donde después
lo veía con mucha frecuencia era en el Palmar, rodeado siempre de
pescadores y barqueros, que eran grandes amigos de aquel señorón
recio y "templao" que les hablaba de tantas cosas bonitas.
- Y diga, señor Pepe -él nos
mira con extrañeza; no le suena lo de Pepe y menos lo de "señor"-,
¿cómo se enteró usted de su intervención en
la novela?
- De la sigueinte manera: El por entonces
novio de una de mis hijas, ya fallecida, era soldado en Marruecos, y por
distraer su ocios de campaña compro en Melilla Cañas y
barro, como hubiera podido comprar cualquier otro libro, encontrándose
al ir leyéndolo con la agradable sorpresa de hallarse con gente
conocida, entre los cuales yo ocupo el primer lugar. Al mes siguiente volvió
el chivo licenciado trayendo consigo la obra, que según él,
y refiriédose a mí, "era un retrato entre les fulles
de un llibre".
Aprovechando los ratos de descanso que el
tio Michaorella tenía en su rudísima labor el repatriado
iba leyendo a toda la familia los capítulos de la bella narración
, y fué así como Jose Soler supo que la imaginación
y el maravilloso arte descriptivo de nuestro gran novelista le había
hecho inmortal en el pensamiento humano.
- ¿Y eran también reales los otros
personajes?
-Reales y conocidas casi todos; muchos decían
que no eran ellos, pero "se les veía la oreja".
-Oiga, y...Neleta, ¿era tan hermosa
como la pintaba el escritor?
-Neleta, o com se llame..., era una "llepolia";
a mí cada vez que subía en el ravachol la percha me hacía
"marro".
-¿Está usted contento con su papel
en Cañas y barro?
-Muy cortito es, para para un principiante
de personaje de novela no está mal; por lo demás estoy encantado;
es mucha la gente que tiene curiosidad por conocerme personalmente, y eso
de saber que uno ha corrido medio mundo, aunque sea metido con el apodo
y todo, en un libro siempre halaga.
-¿Dejó ya su oficio de barquero?
- Desde que implantaron las barcas-motores;
además aquello de cruzar cuatro veces al día la Albufera
ahora me resultaría muy pesado; en los diecisiete años que
estuve trabajando el ravachol durante el día y en la barca
del carro de la anguilas por la noche apenas si dormía tres horas
diarias.
-¿Con tanto trabajar sera usted rico?
-La única riqueza que me ha regalado la
Albufera, después de tanto trabajar, ha sido este temblor de brazos
que recogí en las cinco o seis vecs que caí en su fondo.
- ¿Y cómo se defiende ahora?
-Pescando anguilas por la noche.
-¿Con el ravachol?
-Aquel pimpollo valiente llego a ser un viejo como
yo, que harto de remiendos y borracho de alquitrán pidió
descanso en el desembarcadero, hasta que el sol y el aire mordieron lentamente
su esqueleto.
-¿Habrá sido usted testigo de muchas
aventuras?...
-Muchas cosas he visto en mis setenta años
de Cañas y barro.
-Alguna recordará con cierto agrado...
- Que se puedan contar, la de una inglesa, que
llegaba de madrugada a mi barcaza para cruzar la Albufera, bañada
toda en luna y haciendome cantar albaes, hasta que una noche, junto a un
ribazo volcó el ravachol y la pobre inglesita salió
a flote llena de barro y con una corona de anguilas en la cabeza.
-¿Y de las que no se puede contar?
- Esas cuando yo muera. Ahora buena vida y a trabajar
hasta el final.
Sonríe el desorejado con gesto de
corsario albuferenque que ha sabido sortear el peligro de algunos
desembarcos atrevidos.
Le invitamos a unas copas, que no acepta,
y al iniciar nosotros el regreso allá en la verja que circunda la
frontera de su barraca se elevan en arcos de despedida los brazos resecos
como sarmiento de ese buen viejo, que cuando nos lo presentó el
insigne novelista era capitán y marinero de aquel famoso ravachol,
trasatlántico enlutado que surcaba majestuoso la albufera, luchando
con las impertinencias de un pasaje de gente pícara y brava.